Las heridas invisibles de Malvinas
- lubigoni2
- 24 oct 2025
- 2 Min. de lectura
La guerra de Malvinas fue un conflicto bélico entre Argentina y el Reino Unido que
se desarrolló entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982. Durante 74 días, miles de
jóvenes argentinos —la mayoría de entre 18 y 20 años— fueron enviados al
archipiélago para intentar recuperar la soberanía sobre las islas. El enfrentamiento
dejó más de 600 soldados argentinos muertos y marcó profundamente a toda una
generación. Aunque el combate terminó hace más de cuatro décadas, las
consecuencias siguen presentes. No solo en el territorio político o en la memoria
colectiva, sino también en la salud mental de quienes volvieron.
Según diversos estudios realizados en los últimos años, siete de cada diez
veteranos de Malvinas continúan sufriendo estrés postraumático. Muchos todavía
padecen pesadillas repetitivas, ansiedad, irritabilidad y una sensación constante de
angustia. Las investigaciones coinciden en que la vivencia de un hecho traumático
como la guerra no implica necesariamente desarrollar un cuadro postraumático,
pero sí depende de múltiples factores individuales y contextuales. Entre ellos, uno
de los más determinantes es la manera en que cada veterano integra el conflicto
dentro de su identidad personal: cuanto más central se vuelve esa experiencia en su
historia de vida, mayor es la persistencia de los síntomas.
Los jóvenes soldados —aquellos que tenían entre 18 y 22 años al momento del
conflicto— fueron los más afectados. Eran adolescentes que, de un día para otro,
pasaron de la vida civil a la experiencia extrema del combate. Al regresar, lejos de
recibir apoyo o contención, se encontraron con un país que prefería callar. Solo el
14% de los excombatientes recibió atención psicológica o psiquiátrica en su
momento, mientras que la mayoría fue estigmatizada. En los años posteriores,
muchos fueron etiquetados despectivamente como “los loquitos de la guerra”, lo que
dificultó su reinserción social y laboral.
El silencio oficial y social fue otro factor que profundizó el trauma. Durante años, los
excombatientes no tuvieron espacio para hablar de lo vivido ni para procesar sus
experiencias. Las secuelas no solo se manifestaron en síntomas psicológicos, sino
también en problemas físicos, adicciones y aislamiento emocional.Hoy, a 43 años del conflicto, la salud mental de los veteranos sigue siendo una
deuda pendiente. Las investigaciones más recientes buscan no solo visibilizar su
sufrimiento, sino también abrir una discusión más profunda sobre la atención que el
Estado y la sociedad deben garantizar. Reconocer que la guerra no terminó en
1982, sino que continúa en la memoria y en los cuerpos de quienes la atravesaron,
es un paso indispensable para reparar esas heridas invisibles que todavía duelen.






Comentarios