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El amor salva

  • hace 2 días
  • 2 Min. de lectura

El amor salva.

No siempre de manera épica, no siempre con fuegos artificiales. A veces salva en silencio. En lo mínimo. En lo cotidiano.


Nos salva cuando todo tambalea y sentimos que el suelo no es tan firme como pensábamos. Nos salva cuando dudamos de nosotros mismos y aparece alguien que, sin grandes discursos, nos recuerda quiénes somos. El amor tiene esa capacidad de devolvernos al eje cuando nos desordenamos por dentro.


Las personas que amamos nos dan una seguridad que no se parece a nada más. No es una promesa de felicidad constante ni una garantía de que nada va a doler. Es otra cosa. Es la certeza de que, incluso en el dolor, no estamos solos. Es saber que hay un lugar al que volver. Que hay alguien que escucha. Que hay un abrazo que espera.


El amor no resuelve los problemas como por arte de magia. No borra las pérdidas, no elimina la incertidumbre, no frena el tiempo. Pero los hace más livianos. Cambia la forma en que los atravesamos. Nos da fuerza, perspectiva, paciencia. Nos sostiene mientras aprendemos a sostenernos solos.


A veces confundimos el amor con intensidad. Con grandes gestos, con declaraciones, con momentos extraordinarios. Pero el amor más verdadero suele ser presencia. Es alguien que se queda. Es quien pregunta cómo estás y realmente quiere escuchar la respuesta. Es quien se sienta al lado tuyo cuando el mundo pesa demasiado.


En un mundo que exige, que corre, que compara y presiona, el amor es pausa. Es refugio. Es casa. Es ese espacio donde podemos bajar la guardia y ser, sin máscaras ni expectativas.


Por eso hoy no pienso el amor solo como algo romántico. Lo pienso en mis amigas que sostienen mis días, en mi familia que es raíz y memoria, en las personas que son refugio cuando el mundo pesa. Lo pienso en esos vínculos que no hacen ruido, pero hacen base.


El amor salva.

No porque haga la vida perfecta,

sino porque la hace posible.

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